Mujer rural, doble reto

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Cuenta María Sánchez en Tierra de mujeres (Seix Barral) que le decepcionó la poca onda del 8-M en el medio rural el año pasado. Tampoco le sorprendió teniendo en cuenta los obstáculos que ellas encontraron a lo largo de la historia. Son el eslabón más débil e invisible. Mujeres y rurales, doble exclusión. Triple en el caso de ser inmigrante. La tarea de quienes trabajaron la tierra estuvo marcada por el estereotipo que trazó Flannery O'Connor en La buena gente del campo(Nórdica): levantarse temprano, ocuparse de los hijos, alimentar a las gallinas, echar una mano en la siembra, escardar la hierba, macerar el almuerzo y la cena, recoger la casa. Todo eso es cierto y forma parte de la contribución femenina para salvar la cultura del terruño. Pero, en paralelo, también hay que considerar a todas las mujeres que se empeñan en romper barreras. Como Ramaderes de Catalunya, que recurren a las redes sociales para visibilizar su labor. O como las agricultoras, panaderas, artesanas y cocineras sin cuyo esfuerzo ya se habría certificado la defunción de nuestras aldeas.

Lo que ocurrió en el medio rural el 8-M de 2018 germinó ayer en una movilización de mayor calado. Ya no hay freno a la voluntad de derribar prejuicios y estereotipos en un mundo que arrastra un notable desequilibrio demográfico. Más de media España yace despoblada, envejecida y masculinizada. Las mujeres en este entorno, tal como subraya Teresa López, presidenta de Fademur, aspiran a "incorporarse o permanecer en el mercado laboral". Para eso es necesario impulsar el empleo y aflorar el verdadero peso femenino en el sector primario. Las leyes de titularidad compartida no han funcionado, lo que tiene un impacto singular en Galicia, Andalucía y Castilla y León, que concentran más de la mitad de las agricultoras españolas. En Aragón sólo 23 explotaciones son de titularidad compartida. Según la Comisión Europea, las mujeres suponen el 37 % del total de la población activa agrícola europea. En cambio, siete de cada 10 jefes de explotaciones son hombres. Su presencia en la dirección de las cooperativas es ínfima y los negocios agrarios en manos de ellas son más pequeños, menos rentables y disponen de un acceso al crédito menor. Estos datos indican que no es necesario dar voz a las mujeres del campo. Lo que hace falta es que su voz se escuche

  • Son el eslabón más débil e invisible: mujeres y rurales, doble exclusión. Triple en el caso de ser inmigrante.

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Fuente: http://www.redr.es